Domingo, 16 de junio de 2013

 

El Fresno: el árbol sagrado de los templarios

   

Siguiendo los pasos del escritor Jesús Ávila Granados, en su libro “La mitología templaria”, queremos adentrarnos en el mundo misterioso del árbol sagrado de los caballeros de la Orden del Temple. El fresno.

Deseamos que sea de vuestro agrado.

Todas las civilizaciones han rendido culto a algún árbol que, por sus diferentes cualidades, haya despertado la admiración de los pueblos, tanto de Oriente como de Occidente. Con el fresno (Fraxinus excelsior, fraxináceas), además, se da la circunstancia de que era venerado tanto por las culturas mediterráneas como por las atlánticas. El fresno está considerado el primer árbol dela humanidad, cediendo al olivo el primer puesto en la lista de especies vegetales benefactoras para el ser humano. Para los pueblos germánicos, por ejemplo, el fresno Yggdrassil era el eje del mundo, inalterable y siempre verde, al tiempo que se convertía en un protector contra los rayos; el universo entero se desplegaba a la sobra de sus ramas, dando cobijo a innumerables animales, porque todos los seres vivos derivaban de este emblemático árbol. En las sagas de las antiguas tradiciones escandinavas, estrechamente vinculadas con los ancestrales mitos germánicos, el fresno es símbolo de inmortalidad y, al mismo tiempo, nexo entre tres planos del cosmos.

El fresno adquiere, desde los tiempos primordiales y ahondando en las más ancestrales culturas de Anatolia y Mesopotamia, la dimensión de árbol de la sabiduría (árbol del conocimiento), identificado con el mundo del que es prolongación, al recibir los beneficios del firmamento (copa bañada por blancos vapores de agua, a través de la cual destila el rocío que fecunda la vida); también, como árbol-fuente, cuyas frescas y cristalinas aguas riegan las vegas del mundo…

Para los griegos de la época de Hesíodo (siglo VIII a. C.), además, la dureza y flexibilidad de su madera simbolizaban la fuerza, la solidez poderosa; al tiempo que contaba con una propiedad de gran importancia: la de ahuyentar a las serpientes venenosas. Según las creencias antiguas, el fresno espanta a las serpientes, al ejercer sobre ellas una especie de poder mágico. El médico griego Dioscórides (siglo I d.C.) llegó a decir que si una serpiente tuviera que elegir entre pasar sobre una rama de fresno o por las llamas de una hoguera, optaría sin dudar por este último camino; a él le debemos también la siguiente receta: “Una tisana de hojas de fresno mezclada en el vino tiene gran eficacia contra el poder del veneno”.

También para los romanos y otros muchos pueblos de la Antigüedad, el fresno se convirtió en el árbol sagrado, al cual le rinden un justo homenaje. No es casualidad, por tanto, que para los vascos –que constituyen una de las culturas más antiguas del mundo- el fresno (lizarra, en vascuence), estuviera relacionado con el fuego. Se le rinde un justo homenaje en la mágica noche de San Juan, cuando este árbol se convierte en el epicentro de las tradicionales hogueras, y en las puertas de muchos de los caseríos de Euskadi se siguen colocando sus ramas para proteger a los que allí habitan. El consumo de hojas de este árbol por las vacas hace que éstas den más leche y de mejor calidad. No es extraño, por lo tanto, que, desde los tiempos antiguos, el fresno haya estado siempre muy cerca de las construcciones habitadas, para acompañar a los seres humanos, al tiempo que daba una dimensión arbórea a los lugares sagrados. Circunstancias, todas ellas, que no pasaron inadvertidas para los templarios, cuyos caballeros supieron recoger muy bien la sabiduría de las de las civilizaciones más pretéritas, tanto las del mundo oriental, como las relacionadas con los celtas. “No es de extrañar que haya sido el fresno símbolo de la fecundidad tanto en la Gran Kabilia y otras regiones del norte africano como en Europa”, recuerda Ignacio Abella. En efecto, tanto en el Magreb como en la Europa nórdica, el fresno coincide con el pensamiento de los pueblos y gentes como símbolo de la fecundidad.

El fresno, por sus múltiples cualidades salutíferas y protectoras, y también por las innumerables referencias a él, tanto en las culturas de la Europa mediterránea como en las del mundo germánico, fue adoptado por los templarios como su árbol sagrado, y no dudaron en relacionarlo con san Juan Bautista. Como consecuencia de ello, su presencia en la geografía hispana es sorprendente, como se puede apreciar en infinidad de enclaves del Temple; algunos de los fresnos se ubican en lugares muy meridionales, donde fueron llevados por los caballeros. San Miguel de los Fresnos, en el municipio de Frenegal de la Sierra (Badajoz), uno de los baluartes más importantes de la Orden en la Baja Extremadura, próxima a Jerez de los Caballeros, evoca constantemente a este sagrado árbol. Además, se da la circunstancia de que, bajo los cimientos del conjunto monástico, ubicado en un paraje sobrecogedor de silencio y bajo una espesa bruma, discurren corrientes de agua potable, lo que nos vuelve a indicar la importancia que los ritos del agua purificadora y benefactora, procedente de las entrañas de la tierra, tuvieron para el Temple. Freginals, en la comarca catalana del Montsià (Tarragona), sobre las antiguas vías de comunicación entre Tortosa, Morella, Peñíscola y Sant Mateu, es un lugar igualmente vinculado con los templarios. En Teruel, concretamente en la comarca del Matarraña, se encuentra la población de La Fresneda –tierra de fresnos-, que fue una importante encomienda de templarios, primero, y de calatravos, después; en los sótanos de numerosas viviendas medievales se conserva la antigua fuente, en forma de pozo, de claras vinculaciones templarias. En Asturias, Fresnedo, 14 kilómetros al sur de Villaviciosa, albergó un convento de templarios, próximo a San Salvador de Alesga, que cuenta con los restos de una pequeña fortaleza del Temple. Ambos enclaves controlaban el angosto paso del Puerto de la Ventana, por donde discurre una antigua calzada romana, utilizada durante los siglos medievales por los peregrinos; de ahí la importancia de los freires, cuya misión de guardianes del camino les fue asignada por el monarca Fernando II de León (1157-1188). Fresno de Caracena, en el corazón de las parameras sorianas, es otra de las poblaciones que evocan a este mítico árbol sagrado para los templarios; en esta villa, según el Cantar del Mío Cid, Rodrigo Díaz de Vivar recibió en sueños al arcángel San Gabriel. La población se halla a mitad de camino entre la fortaleza califal de Gormaz y Caracena; esta última se considera una de las villas más esotéricas de nuestra geografía templaria. El rollo de justicia de Fresno de Caracena, de piedra rojiza, se enciende con los rayos del crepúsculo y pone una nota de tragedia en el aire al recordar el destino de los últimos caballeros de aquellos territorios de la alta meseta castellana. Pero el enclave más sobrecogedor de la España mágica que está relacionado con el fresno es, sin duda, la sierra de Aralar, en Navarra, en cuya cima (Artxueta, 1343 m.) se alza la iglesia de San Miguel in Excelsis –de nuevo un santo templario-. En Aralar, tierra de dólmenes y senderos de iniciación, de muérdagos y de leyendas, el fresno se alza orgulloso como el cabeza del reino vegetal. Bajo sus ramas, el cosmos gravita y transmite una atmósfera de equilibrio que, ya en el siglo XIII, supieron muy bien concebir los templarios, cuando situaron en la cima, junto al altar sagrado de adoración a las divinidades de los pueblos de la prehistoria, una ermita de oración dedicada al arcángel San Miguel. En torno a ese templo plantaron un círculo de fresnos, protectores contra los rayos y ahuyentadores de serpientes venenosas; de ahí que la tradición popular conozca también esta iglesia como el santuario del fresno. El Fresno (Ávila), Fresnedoso de Ibor (Cáceres) y más de un centenar de poblaciones, repartidas por toda la geografía española, tanto peninsular como insular, evocan sus vínculos con el Temple en un momento determinado de su historia.


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